miércoles, 11 de diciembre de 2024

Manual de desencanto para una vida digna 5.

 

Manual de desencanto para una vida digna 5.


Por: Javier Orlando Muñoz Bastidas.


       Precepto: 

     Hay quienes nacen extraños. Hay que aprender a comprender, asumir y exaltar la propia extrañeza. 


     El filósofo alemán Peter Sloterdijk, en su libro “Extrañamiento del mundo”, realiza una afirmación clara y radical: Hay quienes nacen extraños. Esto revive un clásico problema filosófico sobre si hay dos tipos de individuos: los normales que son la mayoría, y los especiales que son una minoría. Sloterdijk está en la misma línea de los pensadores que podemos llamar “aristocráticos”, es decir: de la afirmación vital de una minoría que son los mejores. La línea en la que también están Platón, Kierkegaard, Nietzsche, Cioran y muchos otros. 

    Me atrevería a decir que la filosofía y las artes tienen un fundamento aristocrático. Son muy pocos los filósofos y artistas que son real y honestamente democráticos. 

     No se trata de negar el acceso al conocimiento y al arte a la mayoría, de lo que se trata es de que el control que se ejerce sobre esa mayoría, no impida la libre expresión y elevación de la minoría excelsa. 

     Se puede objetar afirmando que es un puedo-problema, arraigado en la idea de “genio” y de “elegido” propia del Romanticismo. Pero lo cierto es que en la praxis de la filosofía y del arte sí hay una selectividad de excelencia. La filosofía y el arte no admiten términos medios: se es excelente o no se es. 

   Es lo que Sloterdijk llama: una “antropotécnica de sí”, que consiste en la posibilidad que el individuo tiene de crearse a sí mismo. ¿Por qué la antropotécnica es aristocrática? Porque si bien es cierto que todos los individuos tienen la posibilidad de crearse a sí, en cualquier tipo de condición (incluso por encima precisamente de cualquier condición), lo real es que sólo una minoría se lanza a dar el salto de excelencia.  

     ¿Cómo comprender el salto de excelencia? Es la afirmación de una voluntad y de una consciencia, que comprende que todo lo que existe es un arduo y riguroso proceso de creación. No es posible que un individuo emprenda la acción de crearse a sí como igual a los demás, todo lo contrario: la creación de sí consiste en la expresión escénica de lo nuevo y de lo diferente. 

     Como afirma Gilles Deleuze: lo único que se puede repetir es la creación de la diferencia. Repetir la diferencia es crear lo nuevo y lo impensable. 

    Pero hay una pregunta filosóficamente importante, que se debe plantear con claridad: ¿los excelentes lograron crearse a sí? ¿o son sólo una excepción excelente de lo determinado? ¿puede ser posible que una auténtica creación de sí, sea la creación de un nuevo Ser? Si una minoría excelsa sólo lo es en relación con una mayoría mediocre, entonces el mérito de la excelsitud no es mucho. Lo sería si fuera un mérito en sí mismo, es decir: sería un mérito si la creación de sí fuera excelente en sí misma, sin relación comparativa con la medianidad. 

     Esa debería ser la dignidad de lo extraño: crear un mérito de diferencia que se sustente en sí mismo. Por ejemplo: una obra de arte no debería ser excelente porque haya otra que sea mediocre, sino que debería serlo por un valor de calidad inmanente e intrínseco. Es la Belleza “en sí” platónica, que muy pocos filósofos han podido comprender. 

  La filósofa Judith Butler comprende lo anterior, cuando plantea que la “individualidad” es algo que se debe crear, pero que aún está por crear. ¿Todavía no hay individuos? Tal vez lo que hay son proyectos de individuación, pero no individuos. 

     Pero comprender, asumir y exaltar la propia extrañeza es el primer momento de la creación de sí individual. 

    El “artista del hambre” de Franz Kafka sabía que era extraño porque no había nada en el mundo que lo lograra atraer. No ayunaba por devoción o por lograr un récord, sino porque él no se identificaba con este mundo y tal vez con ninguno. ¿Qué hacer? Transformar la propia extrañeza en una obra de arte. Por eso él no era alguien que simplemente ayunaba, sino que hacía del ayuno una obra de arte y una acción de protesta ante la mediocridad del mundo. 


¡Íncipit!





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