Manual de desencanto para una vida digna 9.
Por: Javier Orlando Muñoz Bastidas.
Precepto:
Es urgente comprender que existe en nosotros una fuerza indestructible, a partir de la cual es posible crear una consciencia de sí superior.
Hay que decirlo de forma clara y radical: el término “religión” en su concepción original quiere decir “unir aquello que está separado”, pero las religiones establecidas hacen todo lo contrario “des-unen” y “des-ligan” cada vez más.
Pero, ¿qué es aquello que debería unir la religión? ¿qué es aquello que está separado? Lo que se debe unir es al ser humano con la divinidad. Todo aquello que haga posible que un individuo se vuelva a unir con la divinidad o con Dios, debe considerarse como religioso. No importa lo que sea: un encuentro afectivo con el otro, un vínculo íntimo con la naturaleza. Todo lo que permita y haga posible esa unidad e integración es “religión”.
El problema es que los individuos contemporáneos están cada vez más “des-unidos” de lo divino y, en especial, de sí mismos.
¿Puede establecerse una diferencia entre religión y espiritualidad? Tal vez la diferencia sea que la religión es la unión con lo divino, mientras que la espiritualidad es la unión con lo divino que está en nosotros mismos. Pero, ¿y acaso dónde más está la divinidad, sino en nosotros mismos? La religión es lo que hace posible la unidad, la espiritualidad el efecto vital de esa unidad.
Pero no nos enredemos, debemos ser claros y enfáticos ante todo. Lo importante es la unidad fundamental con la divinidad.
El largo rodeo anterior, era sólo para poder plantear que las religiones han sido siempre el obstáculo para esa unión fundamental con la divinidad. Y no sólo lo han obstaculizado, sino que lo han considerado imposible y absurdo. ¿Por qué? Porque las religiones institucionales consideran que lo que el ser humano debe hacer es someterse a Dios y cumplir con su Voluntad, pero ninguna religión afirma que el ser humano pueda unirse con y despertar la divinidad o el Dios que hay en él mismo. Todos somos Dios, Dios está en nosotros. El problema es que las religiones se han encargado sistemáticamente de negar esta realidad.
Pero lo cierto es que en todos los individuos hay una fuerza indestructible e infinita, que se encuentra dormida y latente, pero que puede “despertarse”, expresarse y elevarse. Todos somos Dios o, como afirman los místicos, Yo soy Él.
Tal vez se trate de eso: de destruir todo el proceso de formación histórica de la consciencia humana, para empezar un nuevo proceso de creación de una nueva consciencia, en la que el individuo comprenda la fuerza implícita e inmanente que está en él.
***
Pero debemos ser justos: con la denominada tradición de pensamiento filosófico occidental pasa lo mismo. La filosofía pasó de ser la guardiana del Absoluto, a ser la triste enunciadora del sinsentido.
Lo que se ha denominado como: “superación de la metafísica”, es en realidad una banalización de la metafísica. Se lo banaliza para pretender superarlo. Pero, ¿cómo superar lo que no se comprende? La banalización es un ejercicio de poder epistémico, en el que un concepto superior se pretende superar con uno inferior.
¿Cómo puede ser posible que la trivial afirmación nietzscheana de “Dios ha muerto” pretenda ser una superación de la profunda y rigurosa concepción spinozista de “Substancia”?
Si me lo permiten, la concepción de Substancia debe superarse con una concepción mejor, como, por ejemplo, la afirmación que estamos intentando hacer: que en nosotros existe una fuerza indestructible e infinita que podemos y necesitamos urgentemente desplegar.
No me vengan a decir que el triste “análisis de proposiciones” de la filosofía contemporánea, es superior al planteamiento de la dialéctica de la consciencia hegeliana, en la que se afirma que el momento de la Razón es aquel en el que se inaugura la Historia y se crea lo Real (lo que Deleuze llamaba como “empirismo trascendental”, aunque refiriéndose a Kant).
La filosofía debe recuperar su función trascendental, que es la de crear conceptos superiores, a partir de los cuales el individuo puede hacer un ejercicio de creación de sí. Pero no cualquier creación, sino una creación superior. La filosofía debe dar los fundamentos conceptuales, para que el individuo pueda crearse a sí, en formas cada vez nuevas, diferentes y mejores.
La filosofía debe hacerle comprender al individuo que él es una posibilidad infinita de creación.
¡Íncipit!
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